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25 noviembre, 2011

UNO



Aquella mañana, Alma había despertado con otros ojos. Era ya junio, y aunque todavía el veraniego calor no se dejaba sentir en el ambiente, hacía días que el cielo presumía de un radiante Sol, así que corrió las cortinas y dejó que su habitación cobrase un poco de vida y, tal vez de este modo, contagiarse ella también. Le encantaban los días como aquel, en los que la malicia de las gentes desaparecía, el estrés, los cláxones, la ciudad y todo su gris dejaba de existir y su vida no pesaba tanto como recordaba.

Una rápida ducha, un rápido café, un rápido viaje hasta el colegio de Julia y otro hasta su trabajo. Alma cubría el puesto de secretaria de Molina, un importante jefe de ventas de la empresa de multipropiedades en la que trabajaba. Llevaba varios años ya con él, y aunque eficiente en lo que su campo laboral se refería, era todo un pinta en su vida amorosa. Pues, como aquel día, no era la primera vez que una elegante y joven mujer se dejaba ver por su oficina preguntando por él. En lo que notificaba la llegada de la señorita…

-Mónica- añadió ella misma, como también lo hicieron Susana. Y Bárbara. Y Alicia.

… hasta que Molina abandonaba su despacho, Alma no podía evitar preguntarse cómo sería la vida de esas mujeres. En algunas ocasiones era evidente qué clase de negocios se iban a tratar en la mesa, o, más bien, bajo ella. Llegó a pensar por un tiempo que su jefe tenía serios problemas personales. Tal vez era incapaz de interactuar abiertamente con una mujer. Tal vez le intimidasen, y por eso reducía su trato con ellas a lo laboral y sexual. A un cuerpo y no una mente. En cualquier caso, no todas podían dedicarse a lo mismo. No todas podían ser prostitutas. Debía haber al menos una conseguida por propios méritos y no con su cartera. Era un hombre exitoso, de mediana edad y físico bastante aceptable. ¿Por qué iba a necesitar pagar para acostarse con una mujer?

-Alma, ¿qué haces aún aquí?- le preguntó Molina con aquella elegante dama por la cintura. Resultaba gracioso verles. Ella de por sí era esbelta, y los centímetros de más que sus tacones le hacían escalar dejaban algo por debajo a su jefe.

-Pues, debo terminar todos los informes, como me pidió- contestó.

-Bah, por hoy ya puedes dejarlo. Vete a casa.

Alma no supo cómo reaccionar.

-Muchas…- pero antes de poder pronunciar “gracias”, Álvaro ya había abandonado la sala.

Recordó aquella mañana. Recordó el Sol elevándose tras los altos edificios vecinos. El Sol recorriendo su piel. El Sol en sí. Recordó lo bien que le había quedado la trenza y el buen sabor del café. Apurado sí; sápido también. Recordó además que ya no habría ni malicia, ni cláxones, ni ciudad ni gris. De pronto, el sonido del teléfono inundó la habitación, y sin tiempo de seguir recordando ni desbordar su mente de positividad, Alma contestó.

- Despacho de Álvaro Molina, dígame.

-Podría hablar con la señorita Abreu, si es tan amable- Alma frunció el seño. Las llamadas no solían estar dirigidas a ella. Miró la pantalla del teléfono, pero no averiguó gran cosa, pues llamaba un número privado.

- Soy yo, ¿quién es?

- ¿Es usted la hija de Biela Abreu?

- Sí…-enmudeció al ritmo que palidecía. Desplomó su cuerpo en la silla, mientras poco a poco empezaba a sentir que no sentía, ni dolía ni padecía. Todo a su alrededor se alejaba, y al paso hacía el ademán de difuminarse. Un parpadeo le suponía levantar toneladas. Era como, si, sin razón aparente, dejase de ser. Como si, muriese.

Y, sin más, un punzante escalofrío recorrió su espalda, calando profundamente en cada una de sus vértebras. Una frenética Alma recuperó la consciencia y con las mismas tiró enardecida el teléfono, repitiendo “soy yo, soy yo, soy yo” una tras otra. Sus manos olvidaron lo que era el pulso; por otra parte, el corazón hacía el tanto de estas. Sabía exactamente qué había sucedido.

- ¿Señorita Abreu?- Alma volvió a colocarse el teléfono en el oído.

- Sí, pe-perdone…- balbuceó.

- ¿Entonces vendrá?

- ¿Qué?- no había podido prestar mínima atención a lo que el doctor Medeiros le explicaba.

- Es vital. Su madre no nos deja si quiera acercarnos a ella. Tan sólo pregunta por usted.

- ¿Por mí?

- Sí. ¿Vendrá?

- Lo, lo siento, debo colgar- no daba abasto. Necesitaba que todo parase un segundo.

- Por favor, es muy import…- y colgó.

Hacía quince años que no sabía de su madre. Así que, inhaló profundamente todo lo que sus pulmones le permitieron hasta llegar al aparcamiento de las oficinas, y, una vez allí, subió al coche, cerró la puerta, y lloró en un intento de ahogar su pena. Intento, porque era más de lo que podía. Quince años- unos meses más unos menos; ese no era el caso- en los que la una no existió para la otra. Ni cartas, ni postales navideñas, ni mucho menos llamadas de felicitación. Nada. Nunca. Lo único que pasaba por su mente era un agotado y ya mortificado “¿Por qué?”. ¿Por qué hoy? ¿Por qué no otro día cualquiera; por qué no un día gris? ¿Acaso no podía sentir una ínfima sensación de bienestar? ¿Importaba realmente alguno de estos “por qués”?
>> No, claro que no.

Alzó la cabeza secando resto alguno de lágrima en su rostro, y arrancó el coche. Esta vez el chasco había sido grande.

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