Eran
exactamente las ocho menos tres minutos de la mañana. Faltaban exactamente tres
minutos para que diera comienzo la estridente y molesta sinfonía de
despertadores, que recobraría la también ruidosa Madrid, como cada día.
Hilario,
el dueño del café de enfrente, un hombre desde joven siempre despistado, terminaba
de bajar las sillas de su local rápidamente al mirar la hora en el reloj; exactamente
en dos minutos, una avalancha de atareados empresarios asaltaría su bar en
busca de un rápido, pero como mínimo, aceptable café.
O
María José, la sexagenaria del primer piso. Todas las mañana salía exactamente
dos minutos antes de las siete, para gustarse de un agradable paseo con su
perro, Valentino, sin la molestia de tener que bajar a la calle apretujada
contra cualquiera de las paredes del ascensor, algo cochambroso, lo que tampoco
le inspiraba mucha confianza, o, como ya segunda opción, tener que callar a sus
rodillas, y, muy a su pesar, bajar las escaleras.
También,
estaban los hijos del matrimonio de encima; dos mellizos. Niña y niño. Dos renacuajos
de lo más caprichosos y mimados, a quienes más de una vez, Mateo había deseado
propinarles un buen guantazo como respuesta a sus malcriadeces y soberbias.
Hoy, como cada santa mañana, uno de los dos había ideado un plan para librarse
de ir al colegio. Así, al entrar Carmen, su madre, a despertar a sus hijos, en
lugar de estar dormidos como ángeles en sus camas, saltaban de una en otra,
mientras chillaban al unísono “¡HUELGA, HUELGA!”. Con tan sólo seis años, esos
niños harían maravillas como sindicalistas.
Las
ocho en punto. Comienza la gran obra. Las calles, las aceras se llenan del
abrumador barullo del gentío, de trajeados hombres grises, azules, con sus
flamantes mocasines betunados y sus maletines de piel, y también mujeres, sobre
altos tacones de Jimmy Choo y perfectamente acicaladas. Los coches, taxis,
camiones, motos, e incluso bicicletas comenzaban a colapsar las avenidas
creando el tan querido por todos tráfico, con sus pitas de claxon, el humo de
los tubos de escape… en fin, comienza la mañana, oficialmente.
Las
ocho y cuarto, ya. Las colas se van diluyendo poco a poco, coche a coche. Los
niños ya están en los colegios, esperando despreocupados a que toque la campana
para ser el primero de la fila, y los padres ya están en sus cubículos de la
oficina que hace tres años dijeron que dejarían, sin negar aún que algún día
lo harán.
El
tiempo transcurría rápido, y a la vez muy lento. Mientras todos los
despertadores de la gran ópera ya habían dejado de sonar, mientras todos ellos
ya habían recibido como aplauso el malhumor que reina cada mañana en todas las
habitaciones de la ciudad, uno de ellos aún continuaba su irritante melodía, a
la espera de ser elogiado. A medida que pasaban los minutos, el molesto pitido
parecía acentuarse cada vez más y más, retumbando en las cuatro blancas neutrales
paredes del dormitorio de Mateo, quien, acostado aún en la cama, trataba al
despertador cual músico de la Gran Vía. No se sabía exactamente qué le pasaba.
Permanecía allí, quieto, con la mirada fija en el techo. Casi no parpadeaba.
Era como si, de pronto, todo hubiera desaparecido de su mente, como si
estuviera en blanco. Sólo él mismo sabía lo que andaba merodeando su cabeza
aquella mañana, aunque, creo, no me equivocaría al decir que el causante de su
estado de indiferencia ante todo fuera Alma. Bueno, Ana. Sí, en realidad, se
podría decir, y casi sin lugar a dudas, que se trataba de ella, de su rostro, cálido y dulce, algo aniñado
gracias a su sonrisa, también cálida y dulce, y tan dulce… Mateo la recordaba
milímetro a milímetro. Recordaba la última vez que despertó junto a ella.
Estaban en su casa. Él hacía rato que había vuelto al mundo. Era la primera
vez, si tampoco recordaba mal, que no le dolía la cabeza. La luz del lugar se
hacía paso a través de las tan tradicionales cortinas traslúcidas e inundaba la
habitación de colorido. No sabía exactamente si de veras aquella imagen
plasmada en el techo de su habitación, también blanco neutral, con algunas
marcas humedad, eso sí, había sido de veras así, o sólo era obra de su
imaginación. En cualquiera de los casos, Mateo lo recordaba con gran cariño.
Recordaba con fidelidad cada detalle de la habitación al despertar, y recordó
que se había fijado en que sus pantalones, los del traje de lino gris, aquellos
que habían costado casi un ojo de la cara, estaban en el suelo, tirados y arrugados,
y sin embargo, ni se inmutó. Otro Mateo, habría salido de la cama en un salto a
socorrer su vestimenta, vociferando como un energúmeno. Sonrió entonces,
mínimamente. Miró de nuevo al frente, al techo, y divisó esta vez a Alma. Alma.
La recordaba con tanta nostalgia. Ella era la única que había conseguido que
Mateo se abriese, a nuevas experiencias, sensaciones, personas, lugares… Alma
le había abierto las puertas al mundo. Recordó cuando ella despertó. Él no
hacía más que mirarla con los ojos encandilados cuando ella se acurrucó entre
sus brazos.
“Eres
demasiado grande…” se quejó ella algo embelesada aún, mientras una sonrisa inoportuna se dejaba escapar por
sus finos labios.
Eran ya las nueve menos diez, y el despertador seguía de
cantinela. Pero él ya ni lo escuchaba. Estaba completamente abstraído,
maravillado con lo poderosa que podía llegar a ser la imaginación, o la
memoria, o lo que quiera que fuera, el caso era que lo veía todo como si
estuviera allí, como si Alma estuviera a su lado, con su mano a justamente diez
centímetros de la suya, como si pudiera sentir su respiración y sus latidos
contra su pecho, el olor del champú de camomila que siempre usaba, como si
pudiera bordear con la yema de su dedo el lunar de su hombro derecho, palpar la
suavidad de su piel… Hasta que, de pronto, un grito infernal, acompañado, como
no, de insultos y obscenidades varias, se coló por la ventana de su cuarto. Era
uno de sus vecinos, que llevaba ya rato soportando el insufrible pitido del
reloj. Acto seguido, Mateo se frotó los ojos con incredulidad, despertando de
aquella ensoñación en la que, poco a poco, se había ido adentrando. Golpeó el
despertador para hacerlo callar de una vez, pero a éste parecía haberle gustado
estar de parranda más de lo normal, y así, siguió canturreando y canturreando,
hasta acabar rudamente estampado contra la pared. Mateo se levantó por fin, se
colocó el calzoncillo bien, y se dirigió hacia el baño. Abrió el grifo de la
bañera mientras se desnudaba, intentando hacer un esfuerzo por reconocer a
aquel individuo que se reflejaba ante él en el espejo. Se examinó de arriba
abajo, sin menospreciar un detalle. Tenía los ojos rojos, de los que colgaban
unas grandes y marcadas ojeras, por no decir que aún se estaba recuperando de
una resaca. Una pinta de lo más deplorable, fue su conclusión. Así, como cada
día desde hacía unas semanas, desvió con una mueca la mirada avergonzado de sí
mismo, y se sentó en el bordillo de la bañera con los ojos puestos en la nada.
De
pronto, escuchó sonar de fondo la melodía de su móvil. Se levantó resoplando.
Hoy no tenía el día justamente para estar de chácharas. El teléfono seguía
sonando mientras Mateo rebuscaba entre su ropa intentando dar con él. Cuando lo
tuvo en las manos, miró la pantalla. Era un número privado. Frunció el seño, y
contestó.
-¿Sí?-
dijo extrañado.
-¿Mateo
Lacalle?- contestó la otra voz. Era una mujer.
-Sí,
¿qué ocurre?- preguntó él cada vez más picado de intriga.
-Le
llamo desde el Hospital General, ¿es usted familiar de Alma Abreu?- Alma. Su nombre
resonó en los oídos de Mateo como resuenan los tambores de los tamborileros en
las procesiones-. ¿Señor Lacalle?
-¿Qué
ha pasado?, ¿ha pasado algo?, ¿está bien?- preguntó Mateo muy nervioso, mientras
se temía lo peor.
-Hemos
ingresado a la señorita Abreu, en estos momentos se encuentra en la UVI…
-¿Qué?-
reaccionó él tremendamente alarmado.
-Señor
Lacalle, intente calmarse, por ahora se encuentra estable, no debe preocuparse...
¿Señor Lacalle?...- pero ya era tarde. Mateo ya estaba en el coche, de camino
al hospital.
La estructura del bloge s simple pero emite algo de paz asi se lee con mas trankilidad.Tus histrorias estan bastante logradas.Pasate:http://mymiddle-world.blogspot.com/
ResponderEliminaroh, gracias, me pasaré por tu blog :)
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