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25 noviembre, 2011

PRÓLOGO


Eran exactamente las ocho menos tres minutos de la mañana. Faltaban exactamente tres mi­nutos para que diera comienzo la estridente y molesta sinfonía de despertadores, que recobraría la también ruidosa Madrid, como cada día.

Hilario, el dueño del café de enfrente, un hombre desde joven siempre despistado, terminaba de bajar las sillas de su local rápidamente al mirar la hora en el reloj; exactamente en dos minu­tos, una avalancha de atareados empresarios asaltaría su bar en busca de un rápido, pero como mínimo, aceptable café.

O María José, la sexagenaria del primer piso. Todas las mañana salía exactamente dos mi­nutos antes de las siete, para gustarse de un agradable paseo con su perro, Valentino, sin la mo­lestia de tener que bajar a la calle apretujada contra cualquiera de las paredes del ascensor, algo cochambroso, lo que tampoco le inspiraba mucha confianza, o, como ya segunda opción, tener que callar a sus rodillas, y, muy a su pesar, bajar las escaleras.

También, estaban los hijos del matrimonio de encima; dos mellizos. Niña y niño. Dos rena­cuajos de lo más caprichosos y mimados, a quienes más de una vez, Mateo había deseado pro­pinarles un buen guantazo como respuesta a sus malcriadeces y soberbias. Hoy, como cada santa mañana, uno de los dos había ideado un plan para librarse de ir al colegio. Así, al entrar Carmen, su madre, a despertar a sus hijos, en lugar de estar dormidos como ángeles en sus camas, saltaban de una en otra, mientras chillaban al unísono “¡HUELGA, HUELGA!”. Con tan sólo seis años, esos niños harían maravillas como sindicalistas.

Las ocho en punto. Comienza la gran obra. Las calles, las aceras se llenan del abrumador ba­rullo del gentío, de trajeados hombres grises, azules, con sus flamantes mocasines betunados y sus maletines de piel, y también mujeres, sobre altos tacones de Jimmy Choo y perfectamente acicaladas. Los coches, taxis, camiones, motos, e incluso bicicletas comenzaban a colapsar las avenidas creando el tan querido por todos tráfico, con sus pitas de claxon, el humo de los tubos de escape… en fin, comienza la mañana, oficialmente.

Las ocho y cuarto, ya. Las colas se van diluyendo poco a poco, coche a coche. Los niños ya están en los colegios, esperando despreocupados a que toque la campana para ser el primero de la fila, y los padres ya están en sus cubículos de la oficina que hace tres años dijeron que deja­rían, sin negar aún que algún día lo harán.

El tiempo transcurría rápido, y a la vez muy lento. Mientras todos los despertadores de la gran ópera ya habían dejado de sonar, mientras todos ellos ya habían recibido como aplauso el malhumor que reina cada mañana en todas las habitaciones de la ciudad, uno de ellos aún continuaba su irritante melodía, a la espera de ser elogiado. A medida que pasaban los minutos, el molesto pitido parecía acentuarse cada vez más y más, retumbando en las cuatro blancas neutrales paredes del dormitorio de Mateo, quien, acostado aún en la cama, trataba al despertador cual músico de la Gran Vía. No se sabía exactamente qué le pasaba. Permanecía allí, quieto, con la mirada fija en el techo. Casi no parpadeaba. Era como si, de pronto, todo hubiera desaparecido de su mente, como si estuviera en blanco. Sólo él mismo sabía lo que andaba merodeando su cabeza aquella mañana, aunque, creo, no me equivocaría al decir que el causante de su estado de indiferencia ante todo fuera Alma. Bueno, Ana. Sí, en realidad, se podría decir, y casi sin lugar a dudas, que se trataba de ella,  de su rostro, cálido y dulce, algo aniñado gracias a su sonrisa, también cálida y dulce, y tan dulce… Mateo la recordaba milímetro a milímetro. Recordaba la última vez que despertó junto a ella. Estaban en su casa. Él hacía rato que había vuelto al mundo. Era la primera vez, si tampoco recordaba mal, que no le dolía la cabeza. La luz del lugar se hacía paso a través de las tan tradicionales cortinas traslúcidas e inundaba la habitación de colorido. No sabía exactamente si de veras aquella imagen plasmada en el techo de su habitación, también blanco neutral, con algunas marcas humedad, eso sí, había sido de veras así, o sólo era obra de su imaginación. En cualquiera de los casos, Mateo lo recordaba con gran cariño. Recordaba con fidelidad cada detalle de la habitación al despertar, y recordó que se había fijado en que sus pantalones, los del traje de lino gris, aquellos que habían costado casi un ojo de la cara, estaban en el suelo, tirados y arrugados, y sin embargo, ni se inmutó. Otro Mateo, habría salido de la cama en un salto a socorrer su vestimenta, vociferando como un energúmeno. Sonrió entonces, mínimamente. Miró de nuevo al frente, al techo, y divisó esta vez a Alma. Alma. La recordaba con tanta nostalgia. Ella era la única que había conseguido que Mateo se abriese, a nuevas experiencias, sensaciones, personas, lugares… Alma le había abierto las puertas al mundo. Recordó cuando ella despertó. Él no hacía más que mirarla con los ojos encandilados cuando ella se acurrucó entre sus brazos.

“Eres demasiado grande…” se quejó ella algo embelesada aún, mientras  una sonrisa inoportuna se dejaba escapar por sus finos labios.
Eran ya las nueve menos diez, y el despertador seguía de cantinela. Pero él ya ni lo escuchaba. Estaba completamente abstraído, maravillado con lo poderosa que podía llegar a ser la imaginación, o la memoria, o lo que quiera que fuera, el caso era que lo veía todo como si estuviera allí, como si Alma estuviera a su lado, con su mano a justamente diez centímetros de la suya, como si pudiera sentir su respiración y sus latidos contra su pecho, el olor del champú de camomila que siempre usaba, como si pudiera bordear con la yema de su dedo el lunar de su hombro derecho, palpar la suavidad de su piel… Hasta que, de pronto, un grito infernal, acompañado, como no, de insultos y obscenidades varias, se coló por la ventana de su cuarto. Era uno de sus vecinos, que llevaba ya rato soportando el insufrible pitido del reloj. Acto seguido, Mateo se frotó los ojos con incredulidad, despertando de aquella ensoñación en la que, poco a poco, se había ido adentrando. Golpeó el despertador para hacerlo callar de una vez, pero a éste parecía haberle gustado estar de parranda más de lo normal, y así, siguió canturreando y canturreando, hasta acabar rudamente estampado contra la pared. Mateo se levantó por fin, se colocó el calzoncillo bien, y se dirigió hacia el baño. Abrió el grifo de la bañera mientras se desnudaba, intentando hacer un esfuerzo por reconocer a aquel individuo que se reflejaba ante él en el espejo. Se examinó de arriba abajo, sin menospreciar un detalle. Tenía los ojos rojos, de los que colgaban unas grandes y marcadas ojeras, por no decir que aún se estaba recuperando de una resaca. Una pinta de lo más deplorable, fue su conclusión. Así, como cada día desde hacía unas semanas, desvió con una mueca la mirada avergonzado de sí mismo, y se sentó en el bordillo de la bañera con  los ojos puestos en la nada.

De pronto, escuchó sonar de fondo la melodía de su móvil. Se levantó resoplando. Hoy no tenía el día justamente para estar de chácharas. El teléfono seguía sonando mientras Mateo rebuscaba entre su ropa intentando dar con él. Cuando lo tuvo en las manos, miró la pantalla. Era un número privado. Frunció el seño, y contestó.

-¿Sí?- dijo extrañado.

-¿Mateo Lacalle?- contestó la otra voz. Era una mujer.

-Sí, ¿qué ocurre?- preguntó él cada vez más picado de intriga.

-Le llamo desde el Hospital General, ¿es usted familiar de Alma Abreu?- Alma. Su nombre resonó en los oídos de Mateo como resuenan los tambores de los tamborileros en las procesiones-. ¿Señor Lacalle?

-¿Qué ha pasado?, ¿ha pasado algo?, ¿está bien?- preguntó Mateo muy nervioso, mientras se temía lo peor.

-Hemos ingresado a la señorita Abreu, en estos momentos se encuentra en la UVI…

-¿Qué?- reaccionó él tremendamente alarmado.

-Señor Lacalle, intente calmarse, por ahora se encuentra estable, no debe preocuparse... ¿Señor Lacalle?...- pero ya era tarde. Mateo ya estaba en el coche, de camino al hospital.

2 comentarios:

  1. La estructura del bloge s simple pero emite algo de paz asi se lee con mas trankilidad.Tus histrorias estan bastante logradas.Pasate:http://mymiddle-world.blogspot.com/

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