-¿Mamá?
¿Estás ahí?- sí, lo estaba, pero no abrió la puerta. No aún. Su hija debía
aprender a obedecerla, y si además podía desentenderse de ella, qué
inconveniente podría tener encerrarla unas horas. Lo hacía por ella, para que
reflexionase, para que cayese en su error. Sólo por ella, por su niña.
-Mamá,
por favor- Alma permaneció durante todo el día encogida en el suelo, con la
cabeza apoyada tras la puerta. Su madre no abrió hasta bien entrada la noche.
-¿Mamá?
<< Señores pasajeros, les informamos que el vuelo 747,
con destino… >>
Alma no había terminado de decidirse cuando compró el
billete. Pensó que con el plazo impuesto entre aquel día y el día del vuelo
tendría más que suficiente para meditarlo, pero lo cierto es que las dudas sólo
se amontonaron en un rincón mientras el tiempo se esfumaba rápido como de
costumbre. Aun con todo, hizo las maletas. Porque era su madre, supuso.
-¿Seguro que no quieres que te acompañe?- sugirió nuevamente
Fer, aunque, más que sugerirlo, lo imploró. Alma negó tierna con la cabeza, y
dejó un recuerdo de sus labios en los de él.
-Te quiero, pórtate bien cielo- despidió a su hija, y se
marchó con el sonido del equipaje a rastras. No volvió la vista. Tal vez por el
temor al arrepentimiento. Arrepentimiento por Lucía, arrepentimiento por Fer.
Fuera por lo que fuera, apretó los dientes y se limitó a cruzar la terminal del
aeropuerto, cabizbaja y sin demora. Ya miraría en el avión, cuando no hubiese
manera ni forma de echarse atrás.
Alma no tenía idea de qué hacía ella allí, pese a lo que
había estado dándole vueltas. Barcelona, taxi hasta el hotel, cerca de Lloret,
un café, hospital, otro café, algún que otro informe, para no acumular trabajo,
una llamada a Madrid y un reparador sueño. Sí, todo estaba muy bien
planificado, pero seguía sin poder hacer la incertidumbre desaparecer, y es
que, ¿qué decir? Entraría en la habitación. Vería a su madre, y en el mejor de
los casos, ella aún dormiría. Pero no por siempre. Así que, tarde o temprano,
una de las dos habría de decir algo. << ¿Qué tal? >>. No, qué
estupidez. Acaba de sufrir un brote de alzhéimer y se encontraba ingresada en
un hospital desde hacía días, con lo que su estado de ánimo sería más que evidente.
Tal vez un << cuánto tiempo >>… no, no, es igual de estúpido, si no
más. Alma sacudió la cabeza, y miró a través de la ventanilla cómo la sombra
del avión se empequeñecía más y más, hasta que éste hubo ascendido lo
suficiente como para no discernir el suelo. Cerró los ojos ante lo inevitable.
-¿Cómo
te va por Madrid?
-Bien,
bien. No me quejo – en verdad sí-. Las chicas con las que vivo son muy
agradables – para nada lo eran-. Trabajamos todas en un bar, no está mal el
local – era un tugurio.
Y aun
con todo, si le hubiesen dado la oportunidad de volver, la habría rechazado.
Se
coló entre ambos un asesino silencio. Asesino por el “te extraño” que podría
haber dicho Alma, y que sin embargo, calló; y por el “te quiero” que estaba
matando a Mateo, y que éste a su vez, mató.
-Tengo
que colgar.
-Mateo – despertó de un pasmo. Mateo. ¿Qué habría sido de
él? Era tan callado, tan suyo, siempre concentrado en sus lecturas. Sobra decir
que no era un niño estándar. Tampoco raro, aunque a ojos del resto de
compañeros lo pudiera parecer. Tan sólo alguien poco usual. Aunque lo cierto es
que no fue siempre así. Años atrás no se podía
distinguir de cualquier otro crío de su edad. Hasta el día en que su
madre murió. Ese día, toda niñez en él decayó, y nada fue lo mismo. Ni su risa,
ni sus ojos, ni siquiera sus maneras. Dejó de soñar, y si alguna noche lo
hacía, ya nunca nadie sabría de ello. Se cerró. Terminó por alejar a todo el
que, preocupado, se acercaba a preguntar, y así, comenzó a crecer como “el pobre de Mateo”,
y con los años, de un malherido emocional a un raro, un marginado, un “freak”. Menos para Alma. Ella jamás lo supo, pero para él, había
sido la llave al mundo que lo rodeaba. Recordó
entonces una noche, unas semanas antes de darse a la fuga. Siempre hubo cierta
tensión entre ambos, pero la ocasión
nunca resultaba lo suficientemente tensa como para romper la normalidad entre
ellos.
-Me
iré. A Madrid quizás – sentenció prendiendo
un cigarro.
Mateo
rió.
-Estás
de coña, ¿verdad? – Alma miró hacia él, ni seria ni vacilante.
-¿Ana?
-No –
negó con la cabeza -, Alma.
Aquellos
ojos tristes y confusos se clavarían en su memoria por siempre. Le había visto,
a él, allí quieto frente a ella sin trinchera donde resguardarse del mundo. Se
produjo entonces, paradójicamente, una ofensiva de emociones de alguien al que
desbordaban contra alguien al que paralizaban. Del qué decir no se preocupó
nadie, allí las palabras se resguardaban despavoridas en el pecho, como si en
el exterior se librase una guerra real de la que se pudiera salir herido. Alma
hizo un alto al fuego desviando la mirada. Sin quererlo, dijeron más de lo que
calcularon.
-Yo también
– entabló ojos con él de nuevo. Despacio, se acercó hasta Mateo, y cuando
estuvo lo suficientemente cerca como para romper con aquella tensión que nunca
cedía, se acercó aún más, rozando tiernamente sus labios.
¿Qué habría sido de él?
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